14 de abril de 2018

Ese era su encanto

TRAS una tentativa fallida en tierras leonesas, mi país nativo,  dimos, al fin, hace ya treintaicinco años, con una casa en la que se convertiría  nuestra tierra de adopción, Extremadura. La casa de la vida. La buscábamos en un pueblo y pequeña, pero resultó grande, vieja y en mitad del campo. En realidad era una ruina, más que grande era destartalada y, sí, era solitaria. Pero no tanto como para no tener a menos de un kilómetro a un vecino que vivía en otra no menos vieja, grande y solitaria, celada por olivos y seculares alcornoques, como también la nuestra. Aquel vencidaje fue providencial y una de las mejores cosas que nos haya sucedido. 

Muy desde el principio comprendimos que aquel hombre  era una persona especial. Cautivaba, en primer lugar, su idioma. Claro que la sintaxis sólo tiene valor, al menos para mí, si se sustenta en sólidos y nobles principios humanos, como los de Sancho y don Quijote. Nuestro vecino se parecía también a ellos dos en su amor a las historias y al coloquio. El que hemos mantenido con él durante estos años, un precioso regalo del azar, ha llegado a su fin. Cuando en una ocasión le confesé que anotaba en una libreta muchas de las palabras que decía, sus giros y refranes, le chocó sobremanera: “Para los dicharachos que digo...”. Le extrañaba que alguien como yo se interesara por alguien que, como él, apenas había pasado por la escuela: “Cuando me puse con mi padre con la yunta tenía once o doce años, y no era quién a poner el cabezal a las bestias”. El último verdadero hombre de campo que hayamos conocido, Manuel Gómez Bonilla, acaba de morir y podrían decirse de él todas y cada una de las virtudes que Jorge Manrique enumeró en sus célebres Coplas con ocasión de la muerte de su padre.  

Siendo un hombre estricto para consigo mismo, su inclinación era la de comprender a todos. De su propio padre decía “que tenía el vicio de fumar, ese era su encanto” (lo que le encantaba). Hojeo ahora esa libreta, y me digo: su idioma vivísimo y actual, tan expresivo y primitivo, nos salvará. “La vida es un engaño manifiesto”, solía repetir también ante las grandes desgracias, pero lo cierto es que su encanto fue la vida, el ser cabal como el descabalado don Quijote y el ser dicharachero como Sancho, y así lo prueba el amor que le tuvo a las palabras.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de abril de 2018]

Foto: Rafael Trapiello

9 de abril de 2018

Hola y adiós

CADA domingo, a las ocho de la mañana, dan por Radio Clásica un programa dedicado al canto gregoriano. No sé cuántos oyentes tendrá, pero siento no poder oírlo nunca completo, porque a esa hora está uno ya en el Rastro. Hay domingos, no obstante, en que la lluvia o alguna  otra circunstancia me retrasan, y puedo oír unos minutos de esa música, mientras conduzco. Siempre me maravilla: “¿Cómo no escucharé gregoriano más a menudo?”, me pregunto, y me apena, llegado al parquin de la Puerta de Toledo, tener que irme y dejar a aquellos monjes cantando viriles melodías de una belleza incuestionable. 

El gregoriano era, musicalmente, un idioma vivo hasta la reforma del concilio Vaticano segundo. Se oía en las iglesias, de pueblo o de ciudad, en las procesiones multitudinarias organizadas por el nacionalcatolicismo o cantado por media docena de beatas que ni siquiera comprendían el latín que repetían de una manera adulterada y mecánica. Cualquiera de las personas de cierta edad podrá recordarlo. Pero, de un día para otro, el gregoriano, en muy pocos años, desapareció de la faz de la tierra como otras muchas cosas materiales e inmateriales, lenguas, especies animales y botánicas, tradiciones y vestimentas, las canciones de gesta o las sangrías. Fuera de conventos y monasterios, el gregoriano ha pasado a la historia y uno, una persona que se siente vagamente melómana, no lo oye más que, nunca mejor dicho, de Pascuas a Ramos, cuando llego con retraso al Rastro.

Los melismas escuchados esta mañana eran especialmente más emocionantes, sobrios y medievales que de costumbre, y evocaban con gran viveza las naves vacías de un templo cisterciense, la fragilidad de la vida y la puerta entornada de la muerte, la clausura y los ayunos, el temor y la esperanza en una vida mejor que aquella de pestes y barbarie. Sin embargo, en cuanto dejé el coche y salí del parquin comprendí que por nada del mundo habría querido volver a los siglos en los que aquella música era prácticamente la única que se oía a diario. Respiré hondo el aire libre, frío y limpio de la mañana. Nuestra vida está hecha de adioses cuyo recuerdo nos hace tanto bien como nos encoge el corazón. Ha sucedido de nuevo este domingo con cierto Dies irae. Hola y adiós, hasta la próxima. Yo sigo mi camino.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de abril de 2018]

2 de abril de 2018

Como te dé la gana

ESTA entrevista es especial porque se la hace una amiga a un amigo. Están los dos de acuerdo en casi todo, menos en algo esencial: el feminismo y la lucha de las mujeres, y el modo en que esta se lleva a cabo, por la igualdad. Son dos personas inteligentes, decididas, acostumbradas a opinar contracorriente. Demócratas, por supuesto, y liberales. La mujer es joven, y el hombre le dobla en edad. Se podría pensar que la mujer adopta las posiciones feministas y que el hombre las cuestiona o pone en entredicho. Pues no. El hombre, Mario Vargas Llosa, se muestra desde el primer momento decidido defensor de las luchas feministas, al tiempo que la entrevistadora, Cayetana Álvarez de Toledo, hace de antagonista como sucede en los diálogos de Platón. Teniendo en cuenta que Álvarez de Toledo firmó un  manifiesto contra el manifiesto que convocó la huelga de mujeres del pasado 8 de marzo, la pregunta con la que inician su conversación (búsquenla en internet: una lección por ambas partes), no podía ser otra que esta: “¿Por qué apoyó la huelga del 8-M?” “Porque es verdad que hay un machismo terrible, una grave discriminación de la mujer, sobre todo en el mundo nuestro”. 

Desde ese momento el escritor va desgranando su credo liberal y su entrevistadora y amiga va poniéndole objeciones, muy razonables por lo demás, que, a mi modo de ver, Vargas Llosa resuelve satisfactoriamente y de modo ejemplar. No tiene desperdicio.
Por los mismos días otra mujer, demócrata desde luego, y socialdemócrata, escribió un largo artículo que tituló: “Sé feminista como te dé la gana”, harta de que los hombres y medios de comunicación dizque progresistas le digan cómo tiene que ser el feminismo de las mujeres. Sale en él en defensa de las mujeres que, como Álvarez de Toledo y en cierto modo ella misma, no se sienten representadas por un manifiesto que trataba de dividir más que de unir. Búsquenlo también. Su autora hace un repaso en él de todos los tics machistas y paternalistas en las filas de los partidos políticos de izquierda. Causa bochorno sólo repasarlos. “Las cosas no se cambian poniendo una “a” detrás de una palabra”, recuerda. Su nombre, Rosa Díez. Su lucha valerosa por la igualdad entre españoles (y entre españoles y españolas) le llevó al ostracismo político, y en él sigue.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de abril de 2018]

25 de marzo de 2018

Hacer escándalo

CUANDO se habla de arte contemporáneo suele ser por una de estas dos razones: los precios altísimos que alcanza y los escándalos. Ha vuelto a suceder: un juez de Nueva York ha condenado al propietario de  un inmueble a pagar a unos grafiteros siete millones de dólares por haberles borrado sus grafitis, y en Madrid el director de Arco pidió a una galerista que descolgara cierta obra en la que figuraban los retratos de algunos políticos presos catalanes, presentados como presos políticos.

Ambos asuntos se han sustanciado bajo un mismo aspecto: la defensa de la obra de arte y la libertad de expresión. Es de suponer que el propietario del inmueble recurra una sentencia que el juez basó en el dictamen de unos expertos, acreditando el testimonio de otros que cuestionarán la condición artística de los grafitis y el derecho de nadie a invadir su propiedad. No le será difícil encontrarlos. El caso recuerda la historia de la limpiadora de una galería que tiró a la basura unas “obras de arte”, creyéndolas parte de la basura, y a la que el juez exoneró de cualquier responsabilidad, obligando a la demandante compañía de seguros a indemnizar al galerista.

Lo de Arco es de otra naturaleza. Como es poco creíble que la dirección de Arco censurara unas fotos y lazos que circulan hoy en España y Bélgica sin mayores problemas, hay que pensar que se ha tratado únicamente de una añagaza hábilmente urdida por el artista y su galerista, a quien Arco acabó pidiendo disculpas. Preguntada poco después la galerista, no pudo disimular su euforia. No me extraña: “El artista está feliz, porque ha vendido la obra y ha hecho un escándalo”, dijo. Naturalmente sucedió al revés. Porque hizo un escándalo, vendió una obra, cuyo único “valor” no es el tema, como decía Juan Bonilla, no son los políticos presos sino el propio escándalo, provocarlo para poder vivir de él.  Y yo, qué quieren que les diga, me alegro de que les haya salido bien la combinación, porque tengo una concepción kantiana del asunto. Confío en que tarde o temprano este “arte” se autodestruya: ¡Booom! Por los aires, hecho pedacitos.  Y esto sí que será dadaísmo del bueno, una verdadera provocación, la gran obra maestra de la que está necesitado el arte contemporáneo: el definitivo “the end” de la película.

[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de marzo de 2018]

13 de marzo de 2018

Próximamente

En unas semanas.


NOTA de la portadilla de la página 7: 

Buena parte de estos poemas se escribieron en una casa situada entre dos caminos. Semejan la v de una horquilla. Desde la terraza vemos cómo se juntan allá abajo, frente a nosotros, antes de proseguir su curso formando una y
El título de un libro de poemas obedece a razones de todo género, que su autor encuentra, por lo general tras laboriosas cavilaciones, acertadísimo. Comprendo que el de este, la mínima expresión de un título, pueda a primera vista resultar desconcertante, pero no querría que se tomara por una audacia novedosa. Es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño. 
El que la y sea además, cuando aparece aislada, la letra que designa en castellano unión y sucesión, ha inclinado la balanza a su favor, pero más aún el hecho de que así podrían también haberse titulado y titularse todos los libros, pues es como decir, a imitación de las novelas por entregas, (Con­tinuará). AT.


Viñeta original de Miguel Galano (2018)




11 de marzo de 2018

Ministerio de la Soledad

EL mes pasado Gran Bretaña nombró su primer “ministro de la soledad”, a quien se le encarga abordar lo que la primer ministro Theresa May llamó la “triste realidad de la vida moderna”. Así pudo leerse la noticia en varios periódicos ingleses.

De inmediato los responsables de la sanidad inglesa se apresuraron a elogiar la idea, porque no sólo “la soledad es psíquicamente dolorosa, sino por  tener consecuencias médicas graves: enfermedades cardíacas, cáncer, depresión, diabetes y suicidio”. Así lo prueban abundantes estudios epidemiológicos y clínicos (que algunos, todo hay que decirlo, cuestionan). Es decir, que combatiendo la soledad podrían ahorrársele a las arcas públicas ingentes cantidades del dinero, destinadas ahora al tratamiento de esas enfermedades. Entre los estudios asociados, se menciona uno según el cual la soledad reduce la esperanza de vida tanto como fumar quince cigarrillos diarios, lo cual, supongo, no les importa gran cosa a los solitarios, pues muchos de ellos, para sobrellevar su soledad, son fumadores y alcohólicos.

“Más personas que nunca viven  y envejecen solas”, se dice también en el informe, acaso porque las expectativas de vida se han multiplicado por dos, al tiempo que las nuevas tecnologías y el entretenimiento enlatado (seriales, cine, videojuegos, móviles, tabletas, internet) propician la soledad. Por lo demás nada dicen tales estudios de todos aquellos que precisamente porque son viejos, pobres, desdichados, fracasados o tímidos, se ven abocados a ella contra su voluntad, pues su espíritu es jovial, generoso, emprendedor y afable, y eso aún les produce un mayor desasosiego.

Hannah Arendt distinguía entre “hacerse compañía uno mismo” o “solitud” (solitude), y la “soledad” (loneliness), donde “uno se encuentra solo, pero privado de la compañía humana y también de la propia compañía”. Ambas palabras figuran en nuestro diccionario académico, pero sin matiz, como seudónimas. El trabajo que tiene por delante el nuevo Ministerio de la Soledad es, pues, ímprobo. ¿Cómo combatirá esta epidemia del siglo XXI? ¿Qué medidas higiénicas adoptará? ¿Sabrán que aquí sólo se mostrará eficaz la homeopatía? Quiero decir, que a la soledad, como sabemos los solitarios, sólo se la vence con solitud. 

    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de marzo de 2018] 
  

4 de marzo de 2018

La princesa cautiva

LA imagen se habrá quedado fijada en tu memoria: una niña escucha, arrobada y con ejemplar compostura, las palabras que le dice su padre. La ocasión es solemne. El salón, palaciego y de techos desmesuradamente altos. La concurrencia  escogida, apenas unas docenas, se trenza de familia y Estado. El padre es rey; la niña, princesa. Una princesa de cuento, trece años, rubia, ojos azules, distinguida, encantadora sonrisa. Un día, quién sabe, ella misma será reina. ¿Sí? El futuro es incierto para todos. El rey va a imponer a su hija la más alta distinción que pueda concederse a nadie, el Toisón de oro.

Quienes reprocharon a  Jesús ser ungido por el costoso perfume de Magdalena, volvieron a la carga (“es una vergüenza gastarse cincuenta mil euros, habiendo tantos pobres”), sin saber que ese Toisón no le ha costado nada a nadie: lo hereda de su bisabuelo y, a su muerte, sus herederos habrán de devolverlo. El demagogo echó entonces mano de la insidia: “De acuerdo, pero ¿qué méritos tiene esa niña? ¿Se le habría otorgado de no ser ella quien es?”. No, desde luego. Mérito ninguno, y además sale perdiendo: en aquella solemne ceremonia se estaba formalizando un hecho  insólito: la privación de libertad de un ser humano. A partir de ahora, esa niña se parecerá cada día menos a aquellos con los que habrá de compartir (eso le pidió su padre que hiciera) alegrías y pesares, anhelos y temores. Ni siquiera le estará permitido hacer las cosas que todos ellos hacen tratando de ser felices. ¿Será desdichada, pues? Tiene, para serlo, más probabilidades que tú y que yo. Pregúntalo de otro modo: ¿Desearías ese destino para un hijo?

La ilustración sólo puede ser republicana: todos nacemos libres, nadie está predestinado. “Podría abdicar”, vuelve el venenoso a intervenir. ¿Seguro? Probablemente, cuando pueda hacerlo, ya no sabrá cuál es el camino que lleva a ello. Y con todo, hoy, no es extraño que muchos permaneciéramos con el corazón encogido al lado de esta niña, repitiendo las palabras de Savater: “Preferimos ser ciudadanos sin república a republicanos sin ciudadanía”. Ni siquiera le han dado a elegir: el reino y el Toisón a cambio de su vida y en defensa de la tuya. De eso le habló su padre. De defender los principios ilustrados, el ser todos libres e iguales, menos ella. 

   [Publicado el 3 de marzo de 2018 en el Magazine de La Vanguardia]